Las familias que alcanzan el éxito suelen sentir un profundo impulso —e incluso un sentido de responsabilidad— por retribuir. Ya sea mediante la filantropía o la inversión social, se sienten motivadas a contribuir al bienestar de sus comunidades. Pero una vez que ese deseo se arraiga, surge una pregunta difícil: ¿A quién puedo confiar mi generosidad para que se utilice con sabiduría y tenga un impacto real y duradero?
Esta no es una pregunta retórica. En el contexto actual de México, donde la cooperación internacional ha disminuido y el gobierno federal ve con profunda desconfianza a la sociedad civil, es una pregunta práctica y urgente. Los donantes quieren ayudar, pero necesitan claridad, confianza y socios en quienes puedan confiar.
Como planteó una vez Carmen Garza T., expresidenta del Consejo directivo y cofundadora de Fundación COMUNIDAR en Nuevo León, México: “La pregunta es si estas organizaciones de la sociedad civil son confiables o no.” A partir de su experiencia personal ofreció una respuesta: “Por eso COMUNIDAR, como fundación comunitaria en Nuevo León, está aquí para brindar esa confianza, acompañamos a las familias y a las empresas y conocemos muy bien al sector social. Facilitamos las conexiones entre donantes y causas.”
Las fundaciones comunitarias como COMUNIDAR pueden desempeñar precisamente este papel. Son instituciones locales, arraigadas en sus comunidades, con un profundo conocimiento del panorama de la sociedad civil. Transforman la generosidad en inversión social a largo plazo.
La confianza no es solo algo deseable, es la base sobre la que se construye el verdadero cambio. Como observa Agustín Landa: “Otra fortaleza clave de las fundaciones comunitarias reside en su capacidad para cultivar y mantener la confianza en sus comunidades. Su estrecha conexión con el entorno local, su profundo conocimiento de sus desafíos y su familiaridad con su gente les permiten forjar relaciones colaborativas y de confianza”. Esa confianza se convierte en el nexo esencial que conecta a donantes y actores comunitarios; impulsando, no solo proyectos individuales, sino un impacto colectivo a largo plazo.
En los últimos dos años he codirigido un proyecto de investigación sobre cómo las familias con recursos económicos en México se relacionan —o podrían relacionarse más— con organizaciones filantrópicas comunitarias. Entrevistamos a casi 50 donantes familiares, líderes de la sociedad civil y expertos. Si bien sus perspectivas eran diversas, un tema era claro: las familias están dispuestas a donar, pero dudan en hacerlo sin una guía confiable. Aquí es donde las fundaciones comunitarias pueden desempeñar —y cada vez lo hacen más— un papel vital.
Nuestra investigación identificó cinco oportunidades para profundizar ese papel y fortalecer el vínculo entre las familias generosas y la sociedad civil local:
Redacte un mensaje convincente sobre qué es la filantropía comunitaria y por qué es importante. Muchas familias aún desconocen la función de una fundación comunitaria; quienes sí la conocen se sorprenden de la flexibilidad y la estrategia de estas instituciones.
Identificar y apoyar a embajadores. Colegas respetados que pueden abrir puertas y extender invitaciones. Escuchamos decir en repetidas ocasiones a donantes “me involucré porque un amigo me invitó”.
Construir y compartir narrativas de confianza e impacto. En un contexto nacional donde el escepticismo hacia la sociedad civil es generalizado, las fundaciones comunitarias deben demostrar credibilidad, transparencia y resultados, tanto mediante datos como mediante historias humanas.
Convocar espacios de aprendizaje donde las familias puedan reflexionar y crecer juntas. Lo vimos de primera mano en eventos coorganizados con COMUNIDAR, EGADE y el Instituto de Familias Empresarias. Los donantes acudieron con mucha curiosidad, energía y buena voluntad. Querían hablar sobre lo que funciona, lo que no y cómo mejorar.
Expandir la cultura de la generosidad más allá de las élites tradicionales. Varias fundaciones han desarrollado programas que involucran a jóvenes, empleados locales y donantes cotidianos. Esto es esencial para construir una cultura filantrópica a largo plazo.
En este momento, cuando la cooperación internacional se está reduciendo y la administración nacional se muestra escéptica respecto a la sociedad civil independiente, la responsabilidad de liderar recae cada vez más en quienes están más cerca de la realidad: familias, líderes comunitarios e instituciones locales de confianza. No basta con esperar que la generosidad encuentre su camino. Debemos construir los puentes que conecten la generosidad con el impacto, y eso comienza con la confianza.
Este es un llamado a un liderazgo compartido: no a donaciones transaccionales ni a campañas puntuales, sino a compromisos duraderos entre quienes tienen recursos y quienes tienen “raíces” en la comunidad. Y al hacerlo, nos devuelve al significado original de dos palabras vitales:
- La filantropía: en su sentido más profundo, es un amor fraternal hacia la humanidad, un sentimiento que inspira solidaridad.
- La comunidad: más que una ubicación geográfica, es un compromiso con el lugar que conlleva un profundo sentido de pertenencia.
Cuando las palabras filantropía y comunidad cobran vida —cuando la generosidad se complementa con la confianza, y las familias deciden liderar interactuando con otros— algo poderoso sucede. Empezamos no solo a dar, sino a construir. Empezamos no solo a preguntarnos si las organizaciones de la sociedad civil son confiables o no, sino a crear las condiciones para que la confianza pueda florecer.
Esa es la labor de la filantropía comunitaria. Y es una labor que las familias generosas de todo México están en una posición única para impulsar, juntas.
Artículo originalmente publicado en la Revista LEGADO, edición agosto 2025
Sobre el autor:
Michael Layton es W.K. Kellogg Community Philanthropy Chair, Dorothy A. Johnson Center for Philanthropy,
Grand Valley State University.
laytonm@gvsu.edu
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